La vida campesina

¿Qué tipos de personas son las socias de BioVida?
¿Qué hacen en su vida cotidiana?

Si le interesan las respuestas a estas preguntas, le invitamos a leer los artículos  publicados en esta página.

De la Sierra al Oriente y de regreso
Si uno esta delante de la casa de Virginia Tipanluisa por la noche, en un cerro lejanos se puede ver un océano de luz “eso es Quito”, cuenta Virginia.
En la comunidad San José de El Quinche no se puede sentir nada de la agitación de la capital. Virginia vive con seis de sus siete hijos en la penúltima casa de una calle pequeña que sube al cerro. Aquí en San José nació, pero creció en el Oriente ecuatoriano y sólo regresó al lugar de su nacimiento porque su esposo es de la comunidad San José.
“Mi niñez era pura aventura”, dice Virginia sentada en el sofá con su hijo menor, Matías de nueve meses.
Ella seguía a su padre en todas las actividades que hizo, a cazar, a pescar, “Cuando era niña sabía más cosas de hombre que de mujer”, explica ella. Crecía en el río Quijos, allá aprendió a nadar y hasta oro encontraron ella y sus hermanos en el agua, lo llevaron al pueblo cercano para venderlo y comprar comida. Virginia siempre tenía muchas cosas de hacer, por ejemplo; tenía que cuidar a sus hermanos, lavar la ropa y podar las plantas en la finca de sus padres. “Yo les dañé muchas veces las plantas a mi padres”, cuenta sonriendo

La vida en el oriente tuvo un final triste cuando Virginia tenía 14 años y su padre se ahogó en el río y murió. Sin haber terminado el colegio se fue a vivir en Quito para trabajar como empleada doméstica, como hija mayor tenía que darle dinero a su madre para que ella pudiera cuidar a los cuatro hermanos menores.
La familia en la que trabajaba Virginia tenía mucho dinero y viajaba mucho, “a veces me dejaron hasta dos semanas sola en la casa inmensa”, cuenta ella. Un día descubrió algo miedoso: Virginia estaba registrando la casa por que la familia no estaba, cuando encontró una habitación pequeña, en la que estaba un saco grande. “Cuando abrí el saco un poco, creí que vi pelo. Estuve tan horrorizada que anulé salí inmediatamente de ese trabajo. Nunca más vi a esta familia.” Años después leyó en el periodico que esta familia fue detenida como narcotraficantes.
Virginia buscó otro trabajo después para seguir apoyando a su madre. Trabajaba algunos años en florícolas, en el área de cultivo haciendo podas y control de calidad de las rosas y los claveles. En este tiempo vivía de nuevo en San José, en la casa de su abuelo. Le gustaba bailar y participó en los bailes tradicionales, donde conoció a su esposo. Después de su matrimonio abrieron una licorería, para tener sus propios ingresos. Cuando ella estaba embarazada por primera vez cerraron la tienda para no ser un mal ejemplo para su hijo. El almacén de materiales eléctricos que abrieron después existe hasta hoy. El esposo de Virginia trabaja en el almacén, junto con un empleado, cuando no tiene trabajo en su profesión como eléctrico.
Antes ella también hacía pan y lo vendía. Un día Virginia pidió a su esposo de hacer el pan, porque ella no tuvo tiempo. “Aunque le expliqué como tiene que hacer la masa al final no salió ni un pan. Él se enojó tanto que me prohibió hacer pan, nunca más lo hice”, Virginia se ríe de nuevo.

Desde que tienen su casa con el huerto grande ella siembra plantas y vende los productos que su familia no consume. Por un lado vende en las ferias agroecológicas de la red BioVida en las ciudades de El Quinche y Cayambe, por otro lado vende también directamente a sus vecinos en San José. Ella siembra todo agroecológicamente, porque así garantiza la alimentación sana de su familia. “Cualquier cosa del huerto se puede coger y comer. No se tiene que preocupar porque no utilizamos químicos”, nomina las ventajas de la agroecología. Además dice que está ahorrando dinero por no depender de insumos externos como fertilizantes y pesticidas químicos. Un problema es sin embargo, que los productores agroecológicos están en competencia con los productores convencionales, que producen con químicos. “La gente  no valora lo ecológico, falta concienciación.”
Al día siguiente va haber un evento del MESSE, el Movimiento de Economía social y solidaria del Ecuador en Quito. La Red BioVida va a estar representado con un stand, vendiendo productos agroecológicos. Para eso Virginia corta dos sambos, quiere vender las pepas junto con tostado de maíz. No ocupa la pulpa del sambo, por eso la regala a una vecina, que trae poco después dulce de sambo. El vecindario es muy bueno, dice Virginia. “Siempre cuando necesito algo puedo preguntar a mis vecinos, al igual que ellos me visitan a mi.
Ella es una mujer activa:” si no tengo nada que hacer me muero de aburrimiento”, cuenta ella. Por eso se compromete en la Red BioVida como responsable del Área de mercados y en su comunidad como secretaria. Por su cargo en la comunidad tiene que ir a la casa comunal por la noche a juntarse con chicas que quieren participar como candidatas en la elección de la reina el sábado siguiente. Hablan sobre las decoraciones de la sala, la música para los bailes individuales y al final las cuatro chicas ensayan el baile grupal.
Para su futuro Virginia tiene planes grandes: Hace poco tiempo Virginia se graduó de bachiller, ahora quiere ser ingeniera del medio ambiente. “Probablemente es un sueño loco, pero me gustaría tener un laboratorio propio en mi casa, para hacer investigaciones sobre nutrición y compartir con mis hijos”, explica Virginia. Sus hijos son muy importantes para ella. Cuando era niña pensaba en tener sólo un hijo y no casarse nunca, pero ahora parece satisfecha con su vida. Sus hijos le ayudan bastante, por un lado en el huerto, por otro lado en los trabajos diarios de la casa. Por ejemplo cada semana uno de sus hijos mayores tiene el turno de preparar el desayuno, eso significa levantarse a las cuatro de la mañana para empezar a cocinar.
“Hasta ahora me ha ido bien, no me puedo quejar”, dice Virginia. Su único miedo es morir, ni quiere pensar en eso porque no sabe lo que pasaría con sus hijos. No teme problemas con el dinero, porque dice que este tipo de problemas siempre se arregla de una u otra manera.
Al final cuenta que algún día vio un reportaje sobre Europa del norte. “Viendo documentales sobre otros países muchas veces me da tristeza. Allá parece que la gente ni tiene tiempo para sus hijos y tampoco tiempo libre para divertirse, porque trabajan demasiado. A mí me gusta el Ecuador, aquí tenemos mucha libertad.”

“Las mujeres somos más fuertes, más valientes. ¡Podemos superar todo!”

Ser responsable e independiente, esas son las cosas de las cuales Esther Villalba aprendió muy pronto. Después de terminar la escuela con los 11 años ella se fue a trabajar, primero como empleada doméstica, después en la compañía que construía la Panamericana. Con el dinero que ganaba compró un poco del terreno de sus abuelos y pagó a un albañil para que le construya una casita de tierra. En esta casa se fue a vivir con sus cuatro hermanos menores, para que el padrastro ya no los pudiera maltratar.

En esta casita Doña Esther hace tostado el domingo por la tarde, cuando estuve en la comunidad de Cuniburo. El aire está lleno de humo, junto al tostado también está calentando palo santo en el fogón de gas. Añade saumerio y el plato, despidiendo humareda con un olor fuerte, está puesto al lado del cofre del niño Jesús, para dar gracias a dios por la vida y la salud.
Después de mostrarme su casa la señora bajita con el pelo largo y negro me da comida, el tostado con leche caliente. En la mesa de madera en la esquina de la habitación ya están sentadas dos niñas, su última hija Abinadab de seis años y su nieta Daniela de cuatro años.

No vive ningún hombre en la casa, sólo hay tres mujeres: Esther, su última hija y su nieta. El padre de los seis primeros hijos de la doña Esther murió hace 18 años, el padre de los últimas dos hijas vive en Cayambe, el centro poblado del cantón. Al momento Esther no se quiere casar con él: “Cuando estuvimos en el registro civil él me dijo, que no quiere sacar créditos, pero yo lo necesito para poder pagar la educación de mis hijos. Por eso me fui callada, sin casarme con él”. Para ella sí es un problema grave, que en los bancos para los créditos siempre quieren tener las firmas del esposo y la esposa. Esa es la razón por la que es tan importante la Caja de Ahorro y Crédito de la comunidad. La caja les da la oportunidad a las mujeres de tener su propio dinero, sin depender del esposo. “La caja es buena. Se genera y se tiene más dinero y no se necesita los créditos de los bancos”

En esta tarde se ha ido la luz, parece que por la lluvia fuerte de la mañana se rompió el cable en algún lugar. Cuando los dos hombres de la empresa eléctrica pasan por la casa, Esther Villalba les invita a tomar leche y comer tostado, también. Es evidente que ser hospitalario es muy importante para ella.

Esther es la promotora del grupo agroecológico de la comunidad Cuniburo. Esto significa que ella es la persona que va a los talleres y capacitaciones que organiza la fundación ejecutora “SEDAL”. Después transmite sus conocimientos, sobre derechos, la economía solidaria, la agroecología y mucho más, a las compañeras de su grupo. Ellas son todas campesinas agroecológicas también y pertenecen al proyecto BioVida.
Producir agroecologicamente es muy importante para Esther Villalba. Nunca ha usado químicos porque no le gusta aplicar venenos a las plantas. Cada quince días visita a las socias de su grupo para que ellas se sienten más comprometidas en la agroecología. Ella ve como están sus compañeras y les da consejos para que ellas puedan mejorar sus parcelas.

Por la noche, la penúltima hija y su padre vienen a visitar a Esther. Con sus ocho años Betsaida ya no vive donde su mamá, sino en casa de su padre y sus tías en Cayambe. Así el camino a la escuela no es tan lejos: “a mi hija le gusta vivir allá, porque le ayudan a nivelar en las materias.” Tanto el padre como sus cuatro hermanas son profesores.
Las tres niñas se van a jugar dentro de la casa. Los padres se sientan en la cocina a conversar, en la mesa está prendida una vela. La luz todavía no ha regresado.

La próxima mañana, es lunes, todos se tienen que apurar. Toca vestir las niñas, darles de comer y a las seis y media viene el primer hijo de la doña Esther para buscarles y llevarles a la escuela. Después todo está en calma en la casa. Esther empieza a preparar el almuerzo y pone a cocinar arroz de cebada. A continuación tiene tiempo, se sienta conmigo a la mesa y me empieza a contar más de su pasado. Como su mamá nunca le quería contar quién era su padre verdadero, hasta que descubrió ocasionalmente por una prima, pero él no quería saber mucho de ella. Me cuenta como era cuando su esposo de repente murió de un derrame cerebral y le dejó a ella con seis niños y 40.000.000 sucres de deudas. Y habla de Pamela, una de sus hijas que se embarazó a los 16 años de un chico de la comunidad, vecino de ellos, quien hasta el día de hoy pasa por su hijita Daniela sin verla.
Son historias que emocionan, historias que tratan de una mujer que tenía que luchar mucho en su vida. Ha trabajado muy duro para poder pagar las deudas, hacía peñas bailables, rifas, trabajaba como distribuidora de huevos, seguía haciendo pan para la panadería que tenía en Cayambe… Por eso sus hijos saben defenderse, piensa ella. Han aprendido lo que significa sufrir, pero también lo que significa luchar.

Es tiempo de darles comida a los animales, como dos veces al día. Los cuyes reciben hierba, recién cortada del propio huerto, los tres chanchitos comen una mezcla de afrecho y desechos de la cocina, las gallinas y patos reciben granos. No le gusta ni Cayambe, ni Quito, le gusta la vida en el campo, cuenta Esther. Lo bueno de la agroecología es que la comida crece detrás de la casa, y no se tiene que gastar mucho dinero para la alimentación. “Antes cuando vivíamos en la ciudad, teníamos que comprar todo. También por eso nunca alcanzaba el dinero. Ya no quiero irme del campo.” Cuenta que es duro trabajar en el huerto grande sola, a veces desea que tuviera un esposo quien le ayudaría. “Pero mientras uno tiene salud y vida uno alcanza hacer las cosas. Toca organizarse bien para lograr hacer todas las cosas que hay que hacer.” Además para una madre nada es imposible. Lo único por lo que reza Esther todos los días es que Dios le de salud, porque para sus hijos es padre y madre al mismo tiempo, la necesitan.

Le pregunto cuales son sus deseos para el futuro. Para ella lo más importante es que todos sus hijos sean profesionales, eso era el deseo de su esposo fallecido. “Y que toda la comunidad sembrara agroecológicamente, que dejen de usar químicos, que la caja de la comunidad se haga grande y que los dineros queden en la comunidad para todos.” La feria de Cayambe también es importante para ella, le gustaría que se haga inmensa y que siempre se mantenga.
Con toda la fuerza que tiene, seguro que logrará lo que se propone.

La vida de la presidenta de BioVida

En una casa pequeña en el pendiente, en la comunidad Molina vive la persona que está representando a BioVida – Mariana Vallejo, la presidenta de la red. Sus padres eran campesinos y tenían una finca grande en el norte del Ecuador, pero Mariana vivía la mayoría de su vida en la ciudad. Cuando tenía 17 años se fue a vivir en Quito, como tantos otros, para vivir como empleada doméstica. Aunque se graduó en corte y confección nunca trabajó en esta profesión, por tener su primer hijo seguía trabajando como empleada doméstica, por la mañana en una, por la tarde en otra familia. Una vida estresante.

Un día su esposo empezó a tomar mucho alcohol y pegar a ella y sus hijos cuando estaba borracho. Por eso ella se mudó a otro lugar, sin embargo él no dejaba a molestarle y siempre se fue al departamento donde vivía ella con sus hijos. Al final Mariana se fue a vivir en Molina Pamba y a partir de este momento el ya no la encontró. Mariana empezó a trabajar como cocinera en una florícola cercana, la vida en el campo no era fácil: “Los vecinos me vieron mal, porque era una “señora de la ciudad”. Por eso siempre intenté a ser amable con la gente.” Sus hijos también tenían problemas y se fueron a vivir solos en Quito cuando el mayor tenía 15 y el menor 12 años. Pablo, el hijo menor, ahora tiene 26 años y está estudiando en Quito, los fines de semana y en sus vacaciones le visita a su madre regularmente. No le gusta trabajar en el terreno, en lugar de eso se queda en la cocina cocinando. “Me parece importante que los hombres también saben cocinar”, dice Mariana. A ella le gusta la vida en el campo: “No me gusta arrendar un cuarto y estar encerrada. ¡Me gusta tener espacio para poder vivir!“
Entretanto la relación con los vecinos también se mejoró. Ellos aprendieron que Mariana sabe mucho sobre las plantas. Por eso por la mañana viene una vecina y le consulta porque su hija tiene dolores de cabeza. “Agua de hojas de higo es bueno. Además déle jugo de frutas y legumbres por ocho días, puede ser que sus dolores de cabeza llegan de su debilidad”, le ayuda Mariana. En vez de medicina cara se aprovecha las fuerzas curativas de las plantas.

Mis hijos muchas veces se ríen de mi, dicen que nunca compró ni un vaso pero a cada rato algo para el huerto”, cuenta Mariana sobre su amor a la agricultura. Su predio es grande, en toral 1,5 hectáreas, dividido en huerto y terrenos en las que están plantados maíz y fríjol en el momento. A veces el tamaño del predio es un problema, porque ella tiene que trabajar. Especialmente cuando Mariana tiene que hacer muchas cosas para la red BioVida el huerto se queda abandonado.

“Yo no quería ser la presidenta, pero en el proceso vimos que no había otra gente. Y nosotros, la directiva entendemos el tema”, dice ella. Le importa transmitir sabiduría, las más personas posibles deben ser capacitadas en la agroecología. Para las mujeres es importante también, valorarse a si misma y independizarse del marido. “Vemos que somos capaz de muchas cosas” cuenta satisfechamente. El trabajo con BioVida le ayudó mucho en su vida privada porque revivió su ánimo después de la separación de su esposo. “Me siento orgullosa de lo que hago, pero también es una responsabilidad grande. Me gustaría hacer más cosas para BioVida pero a veces me falta el tiempo.”

A Mariana le gusta comprometerse, no solamente como presidente de BioVida, sino también en su comunidad. Muchas veces hay reuniones en su casa, por ejemplo con el grupo de productores y productoras agroecológicos. Hoy un técnico de la fundación SEDAL trajo una película con el tema “Daños físicos por productos plaguicidas”, para sensibilizarles a los campesinos. Pesticidas y Abonos químicos son prohibidos para los socios de BioVida. Mariana no lo e como problema, ella produce agroecológicamente para poder consumir productos sanos: “Especialmente la agroforestería, la plantación de árboles, arbustos y frutales alrededor del terreno es una ventaja, porque abstiene el viento al mismo tiempo mantiene el calor. Así se acelera el tiempo de maduración.”

En general Mariana la ve muy positiva a la red BioVida, por su participación el la red ella recibió muchos conocimientos importantes para el trabajo en el campo. Antes de tener su propio terreno trabajaba como cocinera en una plantación de flores, ahora está feliz de ser más independiente: “Puedo decidir libremente cuando y cuanto quiero trabajar: Un día se trabaja hasta el noche y el otro día se puede salir.”

En la misma casa, en la otra mitad vive la hija de Mariana, Katherine, con su esposo  Keyli de un año y medio. A la niña vivaracha  le gusta a visitar a su abuela al lado cuando regresa del jardín de niños por la tarde. Mariana la lleva muchas veces al terreno. La nieta ya aprendió mucho y sabe ayudarle a su abuela por ejemplo en la siembra. “Al final la niña es como una hija para mí, como vive aquí y pasa tanto tiempo conmigo.”

Para su futuro Mariana desea que pueda ampliar su finca y probablemente la pueda abrir algún día para turistas. Para la red BioVida espera que mucha gente se haga miembro y que los miembros apoyen mucho a la red. “En la vida el dinero si es importante, pero aparte también es importante conocer muchas cosas. Me siento orgullosa por el trabajo de BioVida, porque la gente ya tiene otra mentalidad.”

La Vida con y del tomate riñón

La tierra es polvorosa bajo el sol fuerte en Santa Marianita de Pingulmí, una comunidad entre Cayambe y el Quinche. En algunos lados se ve invernaderos grandes, pero acá no son las florícolas , son invernaderos de tomates riñón, fríjol y hortalizas. Alexandra Calaguillín es dueña de un invernadero con plantación de tomate, lo especial de su producción es que es completamente ecológica. Abona sus plantas con abonos especiales, que produce ella misma, se encuentra plagas aplica cal.
Alexandra produce ecológicamente porque es mas sano: “Se puede comer los tomates así no más, sin preocuparse.”
Todos los jueves es día de cosecha, porque los viernes se vende en una feria en la capital del país. A las 5.30 am toda la familia está despierta, ya se hicieron de tarde. Alexandra cocina rápido el desayuno, sopa de maíz con papas y verduras. Tres de sus cuatro hijos, los que tienen clases por la mañana, comen rápido y se van a las seis y media. Alexandra va al invernadero para darles el desayuno a su esposo y su hijo, las cuales ya empezaron con la cosecha.
Cada uno tiene un balde de plástico y camina fila tras fila y cosecha los tomates, de un poco naranjo hasta rojo. Cuando el balde está lleno se pone el contenido en cajas, se lleva las cajas a fuera por que lo siguiente es la clasificación de los tomates. Primera clase, los más grandes, hasta tercera clase, los pequeños. Y el resto, que tiene el tamaño de claudias.
El almuerzo sirve la vecina, Alexandra le dio choclos para que cocine. Se los come con salsa de tomate, por supuesto con tomates del cultivo propio.
Se demora hasta que todos los tomates están cosechados, y todavía más hasta que estén clasificadas y empacadas en cincuenta cajas de más o menos veinte kilogramos. El día era bueno para la cosecha, estaba nublado. En un día de sol las temperaturas en el invernadero suben como en un sauna.
A las cinco de la tarde la cosecha está clasificada y la familia la acomoda en la camioneta roja. Una vecina, también productora ecológica de tomates, da diez cajas a Alexandra, para que los vende en Quito. Parte de los ingresos puede retener Alexandra.
El viernes a la una y media de la madrugada el carro lleno sale de la granja con dirección a Quito. El viaje se demora unas dos horas, llegando en el mercado el carro está estacionado en su sitio y Alexandra y su esposo se quedan dormidos por un rato. El primer cliente viene a las tres y media, todavía está oscuro. Él es intermediario y compra diez cajas de tomates clase uno, para seguir vendiéndolos más tarde en la misma feria. Con el tiempo el mercado se llena y se pone más vivo. Viene mucha gente para comprar tomates, sobre todo intermediarios. Sobre el precio se discute mucho, los intermediaros quieren tener el beneficio más grande posible, pero Alexandra tampoco se quiere quedar sin dinero.
“El problema en el mercado en Quito es, que nadie valora los tomates ecológicos como algo mejor y más sano”, explica Alexandra. Ella ya no cuenta a sus clientes que produce sus tomates sin químicos, porque ya se rieron algunas de ellos, no le creían.
A las once ya está vendida toda la cosecha. Alexandra hace compras para su hogar, después se va a la casa. Por fin dormir, después de dos días largos, con mucho trabajo. En la semana siguiente todo va a empezar de nuevo.

Texto por Amelie Büll
Voluntaria de SEDAL